LECTURA EN VOZ ALTA EN LOS GRADOS 801 Y 8 02

Febrero 15. – Jueves

Arriba, metido en el túnel de La Pintada, Rudecindo trabajaba hasta el agotamiento. Aquella era una verda­dera esclavitud, pensó. Entraba a las siete, salía a las doce; volvía a la una y media para salir a las cinco y inedia. Nueve horas diarias de trabajo. ¡Y qué lentas pasaban! Los minutos parecían detenerse, alargarse, co­mo complacidos en martirizarlo. La boca de la mina abría sus negras fauces para devorarlos; los vomitaba a las doce: negros, sudorosos, agotados; luego volvía a engullírselos y los dejaba salir, extenuados, cuando ya empezaba a descender la sombra por las colinas. El ruido de los motores los perseguía; lo llevaban en los oídos hasta el vértigo. La cara negra del capataz, sus pati­llas. .. Rudecindo clavó, furioso, la piqueta sobre el montón de roca, mermado apenas, como si hubiera que­rido acabar de una vez por todas con su vida. Se ase­guró luego el pañuelo atado delante de la nariz y de la boca, para protegerse un poco del polvo amarillento de las rocas movidas. El olor a humedad en el aire viciado se hacía insoportable. Pero no podían abandonar los ins­trumentos de labor, porque entonces tenían sobre sí los gritos que eran peores que latigazos.

—No es justo —protestaba Espinel.

Habían quedado solos, pues el capataz se hallaba fuera de la mina, vaciando mecánicamente el contenido de las dos vagonetas. El trabajo estaba suspendido. Todos escuchaban las palabras del hombre, que parecía ejercer sobre ellos una especie de extraño dominio.

—Nos pagan cuatro pesos con cincuenta centavos para que trabajemos nueve horas. Es decir, a cincuenta centavos hora. A menos de un centavo el minuto, saben una cosa? Lo que ganamos en un mes, trabajando como bestias, lo gana en medio día cualquiera de esos místeres, sin hacer un carajo, sentados en sus mecedoras, mirándoles las piernas a las secretarias. ¡Maldita sea!

Grimaldos, un muchacho alto y pálido, quizá el más joven del grupo, dio también su opinión:

—¿Y qué porvenir nos espera? El mismo que aguar­da a una rata en su cueva: que se nos caigan encima las paredes.

—No es eso lo peor —continuó Espinel, accionando con energía—. Aquí ganamos cuatro con cincuenta. Me­dio comemos. Y así tendremos que seguir indefinida­mente. En cambio, los bolsillos de los extranjeros y las cajas del tesoro público se llenarán hasta reventar.

—No es justo —repitió Rudecindo, como un eco—. Yo tengo mi mujer y dos hijos. ¿Cómo puedo vivir así?

—¿Y si pidiéramos un alza de salarios? —preguntó uno, a quien apodaban Lechuza.

-—¿Para qué? ¿No nos comprometimos el lunes a trabajar ganando cuatro con cincuenta?

—Pero no conocíamos la clase de oficio que nos esperaba.

—Si pudiéramos. . .

El ruido de los vagones los hizo enmudecer. Se oye­ron, uniformes, diez golpes contra las rocas.

—¿Como que no pueden hablar los desgraciados? —preguntó, con mirada feroz, el capataz—. Aquí los trajeron a trabajar, no a soltar la lengua.

Se llenaron las palas. Cayeron las rocas despedazadas en el fondo de las vagonetas. Una nube de polvo se elevó, opacando el brillo de las bombas. Uno de los trabajado­res sufrió un ataque de tos, y tuvo que sentarse en el suelo. Los compañeros lo miraban, conmovidos. Espinel intentó acercarse para auxiliarlo.

—¿A dónde va? Déjelo que se pare solo, para eso es ya mayorcito. Y si no sirve, mañana informo a la jefatura para que lo cambien por uno nuevo.

Espinel, sin atender las órdenes del capataz, se in­clinó para levantar al compañero. Era un muchacho de unos veintidós años, alto y extraordinariamente delgado. Lo querían por sus ocurrencias oportunas, por su alegre resignación. Tal vez, pensó Rudecindo, la tisis estaba haciendo estragos en sus pulmones.

—Vamos, compañero: ánimo.

—Le dije que lo dejara solo, ¡carajo!

—Es un ser humano como usted o como yo, ¿no es cierto? Y yo no soy una fiera. ¡Tengo que ayudarlo y lo haría aunque se me viniera encima el puerco cebado de míster Brown!

El capataz quedó petrificado. Nunca hubiese conce­bido una audacia semejante. Se acercó a Espinel, domi­nándolo con su enorme corpachón. Pero era tanta la firmeza que brillaba en los ojos del minero, que se con­tentó con amenazarlo:

—Mañana míster Brown sabrá el concepto que usted tiene de él. Vamos a ver cuál de los dos sale perdiendo.[1]

… Rudecindo recibió la mazamorra y la tomó a peque­ños sorbos, sin ganas, deseoso de que su vida se termi­nara, de que se le salieran del cerebro los pensamientos, de que sus oídos no continuaran escuchando, aun en me­dio del monótono acorde de los lejanos motores, las pa­labras ofensivas del capataz. Recordó, emocionado, la valiente actitud de Espinel. No había tenido miedo cuando le dijo la verdad al patilludo: el puerco cebado de míster Brown.

. . Para sus adentros río de la ocurrencia. El jefe de personal, con su cara regordeta y rosada, con sus labios gruesos y sus grandes ojos, se parecía mucho a un cerdo. Eso se lo confesaba él ahora, porque antes no hubiera sido capaz de admitir tal idea, ni siquiera en lo más profundo de su mente. ¿Qué consecuencias traería para ellos la actitud de Espinel? Posiblemente lo retirarían pronto. Lamentó perderlo. Había llegado a pro­fesarle una sincera estimación, una admiración verda­dera. Decía las palabras justas, necesarias. No andaba con rodeos ni con timideces, como él. Porque, en efecto, si el 22048 hubiera visto al hombre agonizar en el suelo negro del túnel, no se hubiese atrevido, ante los ojos autoritarios del capataz, a tenderle una mano amiga. Por fortuna no todos pensaban así. Había un valiente entre diez cobardes. La semilla del descontento estaba plantada ya. No era solo en el socavón de La Pintada: era en el enorme territorio del valle; en todos los túneles que conducían a las entrañas de la cordillera; en los corrillos callejeros y hasta en las mismas oficinas centrales de la Compañía Carbonera del Oriente. La revo­lución surgiría, a no dudarlo. ¿Pero qué era la revolu­ción, eso de que hablaban últimamente en todas partes? Para Cristancho se reducía a verificar una incursión en el barrio de los extranjeros, sacar de sus casas a los místeres y musiús, como él los llamaba, ocupar las lujo­sas habitaciones y enviarlos a trabajar en las minas, como jornaleros. Esa era la revolución. Allí a su choza inmunda enviaría de buena gana a míster Brown. Y las lindas muchachas, esas que se dejaban palmotear' las nalgas para tener contentos a los patrones, irían a lavar a la quebrada la ropa de Pastora, la de Cándida... ¡Cándida otra vez! ¿No podría desterrarla de su re­cuerdo? No. Estaba en su cerebro, metida allí, como él dentro de la galería de La Pintada.

Vio venir a Pacho, por el largo camino que llevaba al barrio pobre. Traía en la mano un talego de papel.

—Aquí hay pan para todos. Y panela, y sal, y ha­rina. . . También compré carne. ¡Miren, qué pedazote!

A medida que hablaba iba desocupando el talego sobre el delantal extendido de Pastora, que lo miraba con asombro, con miedo, con inquietud. Pacho tenía en los ojos un brillo al mismo tiempo alegre y trágico. Vacilaban sus manos y se atropellaban sus palabras. Los miraba triunfante, porque gracias a él alejarían el ham­bre por algunos días.

—Mijo, ¿pero de dónde ha sacado sumercé todo esto? —No se preocupe, mamacita. Mire, aquí hay sufi­ciente para todos. Pongan a hacer aguadepanela, para que tome mi papá antes de irse a trabajar.

Rudecindo lo miró, asustado también. ¿Aquel era su muchachito? Sí, era el mismo. Quizás algo le había cam­biado el rostro; se lo había tornado prematuramente duro, amargo, decidido. Una mueca rara le cruzaba la cara, como un ala de cuervo. Cuando terminó de ofrecer los víveres que había traído, arrojó lejos el talego.

—¿De dónde sacó dinero para comprar todo esto? —preguntó Rudecindo incorporándose. —Pues. . . pues. . .

—Confiese, mijo. Su padre no debe ignorar nunca lo que sumercé hace. Dígalo aquí delante de todos: de su mamacita, de mija, de la señora Cándida; hasta de este muchachito inocente, de Ñeco.

—Pues como no tuvieron con que comprar el pan. . ., y como el de la tienda ultrajó a mi hermana por pe­dírselo fiado..., y como Nequito estaba llorando de ham­bre y no había que darle... ¡yo robé una de las alcan­cías de la iglesia!

En el silencio que siguió se oyó el palpitar uniforme y lejano de los motores. Se escuchó, nítido, el silbido del tren próximo a partir hacia la capital. Hasta el vuelo insistente de una mosca produjo un ruido que se les antojó extraño, acusador.

—¡Las alcancías de la iglesia! —exclamó por fin Rudecindo—. ¡Mijo un ladrón! ¡Yo padre de un ladrón!

Ocultó el rostro entre las manos y sollozó. Mariena miraba a Pacho con cólera y amor, con lástima y or­gullo. Pastora observaba los víveres que tenía en el de­lantal, y no sabía si bendecirlos o arrojarlos en medio del fétido charco. Cándida acariciaba la cabecita de Ñeco, y el niño pedía, tímidamente, un pedazo de pan.

—¿Qué tiene de malo? ¿Por qué se callan todos? No maté a nadie. Simplemente abrí la tapa con este zuncho que encontré aquí mismo —explicó, mostrándoles una especie de cuchillo terminado en aguda punta—. Luego saqué las monedas y los billetes. Era muy poco, pero alcanzó para comprar todo eso.

—¡En la iglesia, mijo, en la iglesia! —gimió Ru­decindo.

—Esa plata es de limosnas. Y nosotros somos más pobres que el cura que viene a decir la misa los do­mingos. El no estará muriéndose de hambre en su casa. No tendrá que vender a sus hermanas por un poco de pan. Yo lo hice, sí, yo lo hice. ¡Maldita sea!

Como loco, Pacho se tiró al suelo. Se tapó la cara con las manos y movió en el aire los pies. Su llanto, duro, fuerte, rebelde, lo estremeció. Entonces Rudecindo olvidó su propio dolor y se inclinó sobre el cuerpo del hijo, para consolarlo.

—Está mal lo que hizo, mijo. Pero ya no tiene re­medio. Vamos a tomar nuestra aguadepanela para tener fuerzas y seguir viviendo. Pero no haga nunca más cosas como ésta.

—No hubiéramos tenido que comer esta tarde —dijo Pastora, disculpándolo-—. Dios lo perdone, pero lo que mijo dice es cierto. Nosotros tamos más pobres que el señor cura.

Cándida fue hasta el sitio en donde Pacho yacía en el suelo. Le palmoteo la espalda y le acarició fraternalmente la cabellera, rebelde, como su alma.

—Gracias, Pacho. Gracias por mí y por Ñeco. 'Nos­otros estamos solos en el mundo, abandonados, sin hogar, sin familia, sin dinero. Y usted lo oyó llorar y fue a traerle pan. ¡Dios mío, perdónanos, perdónanos!,

Se arrodilló. Le cayeron las lágrimas por las mejillas. Pacho se incorporó. Tomó un pan y se lo dio a Ñeco. Luego lo sentó a su lado. —Ya pasó todo.

Hicieron aguadepanela. El pan estaba tierno, fresco. Pacho fue olvidando su dolor, la momentánea punzada del arrepentimiento. Se sentía alegre. La vida circulaba de nuevo, empujada por el calor del alimento, por los rostros de todos. Entonces recordó, lentamente, sus vaci­laciones.

Cuando entró a la iglesia, estaba sola. La vista del Crucificado lo atemorizó. Dios se hallaba en todas partes, conocía todas las acciones, tanto las malas como las bue­nas. ¿Qué diría por robarle la alcancía de las limosnas? Porque con ese pensamiento preconcebido había entrado al templo. Recordó para darse ánimo la cara terrosa del niño pidiendo pan. . . el silencio de Cándida. . . la orden de Pastora... el relato de Mariena. . .

Avanzó. Los cirios difundían su humo espeso, negro, penetrante. No había nadie. Se asomó a la pequeña sa­cristía. Un muchacho de su misma edad dormía, sentado en un amplio sillón de cuero rojo. Contuvo la respira­ción. Caminó hasta llegar frente al sitio en donde viera el domingo en la noche la alcancía de las limosnas, fren­te a un banquillo que contenía infinidad de ceras, encen­didas las unas, consumidas casi por entero las otras. Oyó un ruido y cayó de rodillas fingiendo rezar. El acólito se volvió al otro lado y continuó con su profundo sueño.

Alistó el cuchillo. Lo había encontrado entre unas canecas, esa misma mañana, y lo había limpiado cuida­dosamente, fregándolo con arena hasta hacerlo brillar. La punta era fina, adecuada para levantar la tapa de la vieja alcancía. Empezó el trabajo con tenacidad, sin res­pirar casi. Conteniendo a ratos, con la mano izquierda, los latidos impetuosos de su corazón.

Crujió la madera. En la sacristía el acólito se movió. Repitió el ademán de caer de rodillas. Otra alarma in­fundada. El muchachito aquel tenía bastante pesado el sueño.

Presionó la caja con la punta del cuchillo. Volvió a mirar hacia el altar y le pareció que Cristo tenía sus grandes ojos tristes fijos en él; que lo reprendía por la acción indigna que estaba a punto de efectuar. Con tra­bajo tornó la vista hacia la pequeña caja de madera. Y para darse valor pensó en Ñeco, en su hermana, en Pastora.. . A ella le traerían un niño dentro de poco. Se había dado cuenta de que todas las mujeres engor­daban antes de tener niños. Él tendría un hermanito. . . ¡Pero pobre! Casi lo compadeció. Pasaría hambres, des­nudeces, fríos, . El, un chico de doce años, estaba pen­sando en todos los problemas como una personita mayor. Una chispa de orgullo lo invadió. Empujó el cuchillo con fuerza, y la tapa cedió sin hacer ruido.

Recogió varios billetes y monedas. Sabía contar —fru­to de dos años de escuela, en un lejano pueblo ya olvi­dado—. Eran doce pesos con cuarenta y tres centavos. Los guardó en su bolsillo. Luego se arrodilló y rezó un Padrenuestro.

—-Gracias, Dios mío —dijo, para terminar. Y abandonó el recinto.[2]

[1] Páginas 76,77 y 78

[2] Página 81 - 85

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ILUSTRACIÓN  DE  PALABRAS DESCONOCIDAS
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EL TEXTO VISTO DESDE LA IMAGEN
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ANÁLISIS LA REBELIÓN DE LAS RATAS

CLASES: De martes 25 y miércoles 26. Trabajo para realizar en grupos de dos o tres estudiantes. Se recoge lo realizado el miércoles 26.

ACTIVIDAD UNO

  1. Describe el argumento o tema central que desarrolla la novela “la Rebelión de las Ratas” en el fragmento leído.
  2. Consulta en biblioteca o internet la biografía del escritor colombiano Fernando Soto Aparicio( vida y obra literaria)
  3. Identifica los personajes que participan en el fragmento de la novela “la Rebelión de las Ratas”.
  4. ¿Qué situaciones planteadas en la obra “la Rebelión de las Ratas” están relacionadas con los temas desarrollados en el tercer periodo? Sé descriptivo.
  5. Con los términos o palabras desconocidas construye un cuento sobre la situación de los obreros en Colombia.
  6. De acuerdo a la situación de los obreros planteada en la obra. ¿Qué derechos le son vulnerados? Compara con la constitución lo concerniente a los derechos fundamentales, sociales y colectivos.
  7. Reflexiona, analiza y toma posición: ¿Qué opinión te merece la actitud de Pacho y de sus padres? ¿Consideras moralmente correcto robar para calmar el hambre?
  8. Sé crítico y valora el futuro: Si bien la obra trata la realidad de los obreros en la década de los 60s. ¿Qué situaciones planteadas en la novela se dan en la actualidad en Colombia? ¿Qué de esas situaciones se podrían presentar en el futuro con la explotación de la mina de Oro de Gramalote?
  9. Valora: ¿Qué aspectos de la novela te llamaron más la atención? ¿por qué?
  10. Les gustaría que continuáramos estas actividades de lectura? ¿qué sugieres para mejorar las actividades?

ACTIVIDAD DOS:

  • Dividan el grupo en 4 subgrupos (grupos de 5 estudiantes) y preparen una dramatización sobre la novela “la Rebelión de las Ratas”.
  • Identifiquen bien los personajes que participan y el papel que juegan en la obra
  • Definan el vestuario que van a utilizar, la obra requiere caracterización.
  • Consigan objetos de ambientación u utilería (herramientas, accesorios mineros, muebles, etc.)
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